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Romance de Fontefrida


Fontefrida, Fontefrida, 
 Fontefrida y con amor, 
do todas las avecicas 
 van tomar consolación, 
si no es la tortolica 
 que está viuda y con dolor. 
Por ahí fuera pasar 
 el traidor del ruiseñor, 
las palabras que él decía 
 llenas son de traición; 
—Si tu quisieses, señora, 
 yo sería tu servidor. 
—Vete de ahí, enemigo, 
 malo, falso, engañador, 
que ni poso en ramo verde, 
 ni en prado que tenga flor, 
que si hallo el agua clara, 
 turbia la bebía yo; 
que no quiero haber marido, 
 porque hijos no haya, no, 
no quiero placer con ellos, 
 ni menos consolación. 
Déjame, triste enemigo, 
 malo, falso, mal traidor, 
que no quiero ser tu amiga 
 ni casar contigo, no.


Anónimo - Romance de la doncella guerrera

En Sevilla a un sevillano
siete hijas le dio Dios,
todas siete fueron hembras
y ninguna fue varón.

A la más chiquita de ellas
le llevó la inclinación
de ir a servir a la guerra
vestidita de varón.

Al montar en el caballo
la espada se le cayó;
por decir, maldita sea,
dijo: maldita sea yo.

El Rey que la estaba oyendo,
de amores se cautivó,
—Madre los ojos de Marcos
son de hembra, no de varón.
—Convídala tú, hijo mío,
a los rios a nadar,
que si ella fuese hembra
no se querrá desnudar.

Toditos los caballeros
se empiezan a desnudar,
y el caballero Don Marcos
se ha retirado a llorar.

Por qué llora Vd. Don Marcos
por qué debo de llorar,
por un falso testimonio
que me quieren levantar.

No llores alma querida
no llores mi corazón,
que eso que tú tanto sientes,
eso lo deseo yo.


La investidura (Edmund Blair Leighton)
















Anónimo - Romance nuevamente rehecho de la fatal desenvoltura de la Cava Florinda

De una torre de palacio 

se salió por un postigo 
la Cava con sus doncellas 

 con gran fiesta y regocijo. 
Metiéronse en un jardín 

cerca de un espeso ombrío 
de jazmines y arrayanes, 

de pámpanos y racimos. 
Junto a una fuente que vierte 

por seis caños de oro fino 
cristal y perlas sonoras 

entre espadañas y lirios, 
reposaron las doncellas 

buscando solaz y alivio 
al fuego de mocedad 

y a los ardores de estío. 
Daban al agua sus brazos, 

y tentada de su frío, 
fue la Cava la primera 

que desnudó sus vestidos. 
En la sombreada alberca 

su cuerpo brilla tan lindo 
que al de todas las demás 

como sol ha escurecido. 
Pensó la Cava estar sola, 

pero la ventura quiso 
que entre unas espesas yedras 

la miraba el rey Rodrigo. 
Puso la ocasión el fuego 

en el corazón altivo, 
y amor, batiendo sus alas, 

abrasóle de improviso. 
De la pérdida de España 

fue aquí funesto principio 
una mujer sin ventura 

y un hombre de amor rendido. 
Florinda perdió su flor, 

el rey padeció el castigo; 
ella dice que hubo fuerza, 

él que gusto consentido. 
Si dicen quién de los dos 

la mayor culpa ha tenido, 
digan los hombres: la Cava 
y las mujeres: Rodrigo.

La batalla de Guadalete (Martínez Cubells)

Anónimo - Romance del enamorado y la muerte

Un sueño soñaba anoche   
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,  
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,   
muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor?   
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,   
ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante:   
la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,   
déjame vivir un día!
—Un día no puede ser,   
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,   
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,   
en donde su amor vivía.
—¡Ábreme la puerta, blanca,   
ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir   
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,   
mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,   
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,   
junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana   
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda   
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,   
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;   
la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,   
que la hora ya está cumplida.

Anónimo - Romance de Abenámar

—¡Abenámar, Abenámar,   
moro de la morería,
el día que tú naciste   
grandes señales había! 
Estaba la mar en calma,   
la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace   
no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro,  
bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor,   
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro   
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho   
mi madre me lo decía
que mentira no dijese,   
que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,   
que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar,   
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?   
¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor,   
y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,   
labrados a maravilla.
El moro que los labraba   
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,   
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,   
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,   
castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,   
bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada,   
contigo me casaría;
daréte en arras y dote   
a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan,   
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene   
muy grande bien me quería.

Anónimo (s.XVI) - Romance de la gentil dama y el rústico pastor


Estáse la gentil dama   
 paseando en su vergel,   
 los pies tenía descalzos,   
 que era maravilla ver;   
 desde lejos me llamara,    
 no le quise responder.   
 Respondile con gran saña:   
 -¿Qué mandáis, gentil mujer?   
 Con una voz amorosa   
 comenzó de responder:    
 -Ven acá, el pastorcico,   
 si quieres tomar placer;   
 siesta es del mediodía,   
 que ya es hora de comer,   
 si querrás tomar posada   
 todo es a tu placer.   
 -Que no era tiempo, señora,   
 que me haya de detener,   
 que tengo mujer y hijos,   
 y casa de mantener,   
 y mi ganado en la sierra,   
 que se me iba a perder,   
 y aquellos que me lo guardan   
 no tenían qué comer.   
 -Vete con Dios, pastorcillo,   
 no te sabes entender,   
 hermosuras de mi cuerpo   
 yo te las hiciera ver:   
 delgadica en la cintura,   
 blanca soy como el papel,   
 la color tengo mezclada   
 como rosa en el rosel,   
 el cuello tengo de garza,   
 los ojos de un esparver,   
 las teticas agudicas,    
 que el brial quieren romper,   
 pues lo que tengo encubierto   
 maravilla es de lo ver.   
 -Ni aunque más tengáis, señora,   
 no me puedo detener.